Se oían unos pasos por el pasillo mientras desde la ventana comencé a ver llover sobre las calles de la gran ciudad. Decenas de siluetas grises y frías vagaban entre la bruma de la urbe y el vaho que mi propio aliento proyectaba sobre mi ventana.
No era una visita agradable, pero tampoco inesperada. La conocía desde hacía varios años y ya no conseguía provocar en mí el amargor de antaño. Ni siquiera el escalofrío intenso que sentí la segunda vez que vino a verme. Aquella vez no la esperaba, pese a recordarla bien y solo la huella de su presencia en mi casa, sumía a la misma en un vacío insoportable. Vacío tan solo acompañado de un leve zumbido monótono, que sólo reconozco en la certeza de mi pensamiento.
Esta vez, ni siquiera encendí la radio cuando reparé en su presencia, como había hecho antes. Tan solo la esperé con desidia y tendido ante la evidencia del momento que me esperaba cuando se acercase a mi para golpearme sin piedad con su dulce voz y sus crueles palabras.
Los pasos se acercaban mientras observaba, desde la butaca, en la que dejaba que el humo del cigarrillo que fumaba nublara la imagen, la mía propia, consumida como el cigarrillo que prendía de mis dedos.
El baile absurdo de paraguas y siluetas grises que no se miran y no quieren conocerse, avanzando con cautela para no chocar con otras. Y cuyo único motor, ahora no cabía duda, era la inercia de sus tristes, solitarias y vacías vidas.

•  Hola de nuevo -dijo ella- vengo a verte.

•  Lo sé -reconocí sin mirarle a la cara- y te esperaba, siempre llegas en días como hoy y sin ser invitada.

•  Te equivocas amigo, tan solo visito a los que me abren la puerta. O quizás a quienes nunca la cierran.

Esa frase golpeo como un martillo mi cabeza. Me incorporé de la butaca, sacando lo poco de digno que quedaba en mí y espeté:

•  De entrada, no eres mi amiga. Y explícate, ¿te he dejado la puerta abierta o no la he cerrado bien?

•  ¿Acaso hay alguna diferencia? -me dijo sin dudar- Tu hermano salió de aquí un día como hoy y desde entonces esta casa siempre ha estado abierta para mí, o mal cerrada, como prefieras, y quizás nunca haya dejado de salir desde entonces.

Suspiré mientras me recostaba de nuevo en el sillón y dejaba que el oscuro y frío atardecer de Diciembre hiciera más mella en mí, con la certeza de que las palabras que me había dedicado Soledad eran verdades como puños, o como puñales.

 
 
Iñaki