Se oían unos pasos por el pasillo mientras desde la ventana comencé a ver llover a cántaros. Días tristes de otoño anunciaban el crudo invierno entre las blancas paredes de aquella habitación. Una habitación que, lejos de reconfortarme, me sumía en el recuerdo de lo que fui y ya nunca volveré a ser.
Los pasos acompasados del DR. Marín anticipaban su visita rutinaria:

•  ¿Cómo está Asier? -me dijo con fingida alegría.

•  Estoy -dejé caer- lo que no sé es si eso es bueno o malo.

•  Vaya… -dijo el doctor sin ocultar una sonrisa de autosuficiencia- veo que hoy se ha levantado algo más pesimista. Pero no tiene por qué, su evolución es buena y el proceso de recuperación ha de seguir su curso, como por otro lado sabe y tiene sus tiempos. Seguro que si mañana deja de llover y sale el sol, ve la vida de otra manera.

Siempre odié que me trataran como a un imbecil. Las palabras huecas rellenan, a duras penas, mensajes vacíos, mientras que la verdad y la razón radican en uno mismo y tan solo son comprendidos desde una empatía que el señor Marín debía haber dejado en el cajón de su despacho.
Giré mi cabeza hacia la ventana mientras exhalaba, con cierta rabia contenida, palabras de odio dirigidas al extraño que tenía frente a mí.

•  ¿Mi pareja está fuera? Si es así me gustaría que pasara, por favor -declaré mirándolo a la cara con aparente serenidad.

•  - Mmmm, lo siento de veras. Creo que en este momento no tiene familiares fuera. Una pena, sin embargo, venía a contarle que la Dra. Ibar pasará a continuación a charlar con usted. Sin duda será de gran ayuda para usted dadas las características de su caso y el momento personal en el que está.

•  ¿Puedo saber a qué acude exactamente esa doctora? Si no es mucho preguntar…

•  Está usted bastante preguntón, según veo -de nuevo la risita nerviosa- creo que es consciente del giro que ha tomado su vida desde el accidente.

•  ¿Se refiere a que no puedo moverme? Creo que ya me he dado cuenta. Llevo días en este maldito hospital y conozco el significado de la palabra tetraplegia a la perfección. No necesito su mirada autosuficiente, su compasión de manual o su absurdo optimismo. Necesito algo que no voy a conseguir, necesito borrar el recuerdo de lo que fui, para que no ahogue de dolor lo que soy, y necesito que desaparezca esta pesadilla de…

•  Asier -interrumpió la doctora Ibar con dulzura, mientras acompañaba su cálida voz con su limpia mirada y se sentaba con calma en la silla que había junto a mi cama- ¿Te acuerdas de Idoia?

En ese momento un escalofrío agudo recorrió mi cuerpo, mientras el recuerdo de esa noche llegaba a mi cabeza a modo de flash. Entonces y solo entonces, comprendí que lo había perdido todo.

 
 
Iñaki