Se oían unos pasos por el pasillo mientras desde la ventana comencé a ver llover. Y no paró, no paró de llover durante bastante tiempo; no se si fue parte o toda la noche. Tras los cristales cercanos a mi cama se observaba una noche oscura, densa, donde por mucho que se intentara ver con claridad, todo era penumbra y sentimiento de zozobra, que no generaba más que inquietud y ganas de que fuera despuntando el día al fin.
Los ecos de los pasos que había creído oír al final, se perdieron en la lejanía. Trataba de descifrar si pudieron haber sido de la cuidadora, que no pudiendo alcanzar el sueño, tan deseado algunas veces, vagaba de un lado para otro del pasillo velando nuestro sueño con el movimiento silencioso, acompasado y cadencioso de sus piernas.
¿O quizá fuese algún compañero de piso, que había despertado de repente de un sueño difícil y que como forma para calmarse, había optado por moverse rítmicamente a través del pasillo a esas horas de la madrugada?
Decidí apretar las sábanas contra mi cuerpo y medio taparme la cara con las mismas, para crear sensación de seguridad que a veces necesito y me gusta.
Casi antes de dormirme, sí pude percibir que esos pasos terminaban en uno de los baños que utilizamos los menores, por lo cual se resolvió el dilema: la necesidad de evacuar suele ser elemento prioritario incluso a esas horas.
Y ya empezaba a clarear el día poquito a poco, y yo casi sin dormir, pronto aparecería la cuidadora…

 
 
Francisco Javier