Se oían unos pasos por el pasillo mientras desde la ventana comencé a ver llover. Los nubarrones negros y los truenos, hacían que me sintiera cada vez más pequeña en aquel despacho gris de la señora Carmen.
La señora Carmen era directora del instituto y me había convocado a una cita con ella para hablar de mis suspensos. No paraba de decirme una y otra vez:

•  Ay María, con lo buena estudiante que eras, ¡y ahora suspendes tres!, ¿qué te ha pasado?

Yo mientras tanto no paraba de pensar lo poco que me gustaba el invierno, además, en aquel despacho todo el año era invierno.
La señora Carmen siempre iba vestida “de punta en blanco”, calzaba tacones enormes y siempre sabíamos que se acercaba a nuestra clase porque el sonido de sus tacones retumbaba en los pasillos del instituto, como si de los pasos de un dinosaurio se tratase; digamos que los tacones eran su seña de identidad.
La reunión era tremendamente aburrida, el tiempo pasaba tan tan lento, además seguro que llevaba allí más de media hora. Pero era una situación de la que no podía escapar más que mentalmente, aunque con el ruido de la lluvia y la voz de la señora Carmen retumbándome en los oídos, escapar de aquel lugar, aunque fuera mentalmente, era muy difícil.
De repente sonó algo, era un sonido muy familiar que escuchaba a diario, pero… no podía ser… era… era… ¡¡Era mi despertador!!
No me lo podía creer, todo había sido un sueño, bueno, mejor dicho, casi todo; porque si bien era cierto que era verano y los rayos de sol radiante se colaban por las rejillas de mi ventana, también lo era que yo había suspendido tres asignaturas.
Así pues me levanté, subí la persiana, me tapé los ojos para evitar así los rayos del sol y me senté en mi escritorio.
Una vez repuesta del sueño, mejor dicho, de la pesadilla, abrí mi mochila, cogí mi agenda y me dispuse a crear el mejor planning de mi vida, estaba decidida a estudiar y aprobar esas asignaturas en Septiembre.

 
 
Ana