Se oían unos pasos por el pasillo mientras desde la ventana comencé a ver llover. Una agradable sensación recorrió mi cuerpo, producida por el aroma que llegaba hasta la habitación, donde la chimenea iluminaba la estancia, con una acogedora luz ocre, los rostros de Martín y Lorena dibujaban una gran sonrisa; sin duda esos pasos pertenecían a nuestra abuela cecilia, que, como cada domingo de invierno, nos había preparado la merienda y se disponía a servirnos una deliciosa taza de chocolate caliente, alrededor de la lumbre y siempre acompañada e una bonita historia de “cuando era moza”.
Era un momento mágico donde todos nos transportábamos al mismo tiempo allí donde nuestra entrañable abuela hubiese decidido viajar en el tiempo esa tarde, ayudados por esa luz tenue producida por las llamas y aquella voz tierna y a la vez algo quebrada por los años, que provenía de aquella mujer a la que todos queríamos tanto.
Sin duda, el invierno no pasaría de la misma forma sin aquellas tardes de domingo, en compañía de nuestra abuela y sus historias; si alguna vez esto fallara, lo echaríamos realmente de menos.
La figura de aquella tierna mujer atravesó el marco de la puerta, llevaba una bandeja con tazas humeantes, todos le hicimos hueco y una sonrisa de satisfacción y cariño iluminó al mismo tiempo todos los rostros.

 
 
Rosana