Se oían unos pasos por el pasillo mientras desde la ventana comencé a ver llover.
Era el más pequeño, que con ojos somnolientos, preguntaba si él ya había vuelto. Y tuve que decirle que no, que en el único lugar en que debía estar él, al resguardo del calor de un hogar, en el que se le estaba esperando con ansiedad, era el lugar más vacío sin su presencia…
El pequeño me dio un beso, me pidió un poco de agua y después de beber, se acostó de nuevo. Fuera seguía lloviendo, cada vez más fuerte y con mayor intensidad. No sabía qué hacer mientras aguantaba la espera. Los minutos se me hacían eternos, casi intolerables…
Me quedé contemplando a través de la ventana, las gotas golpeando en la calle, los coches… y cuando no soportaba más la incertidumbre, el dolor que provoca la espera de un ser querido que no sabes si llegará, vi una sombra que cruzaba corriendo los charcos, debajo de la chaqueta que estaba empapada por la lluvia y mi interior se alegró porque la espera había concluido y él llegaba sano y salvo, como todas y cada una de las noches del fin de semana.
Por fin sonaba el timbre, por fin estaba en casa y mientras le doy un beso, recuerdo lo importante que es tener a alguien que te espere al pie de la ventana, cada noche…

 
 
Marina